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48. When I’m Sixty-Four

Tengo mis problemas, no puedo negarlo. Igual tanto bombo hollywoodense y literario, me hacen creer que mis problemas, mis taras, son hasta adorables en algunos momentos. Además de la ya conocida de los nombres (que es real, no puedo salir con una chica que se llame, no sé… Yanina. Es más fuerte, perdón), y la de los celulares que algún día contaré, tengo un grave problema de memoria. Gravísimo. Tan grave que, generalmente cuando alguien llama a casa el diálogo es más o menos así:

– Hola
– Buenas noches, ¿se encuentra María Noel?
– ¿De parte?
– De Ismael, el hijo de la doctora Raquel Domínguez
– A ver, dame un segundito..

– Mamá… es, no sé, el hijo de una doctora amiga tuya. ¿La doctora Rodríguez?

Eso se ve agravado por el hecho de que, además, si bien tengo una agenda buenísima, no la uso. Por el contrario anoto todo en papelitos que, obviamente, pierdo todo el tiempo. Mi (mala) memoria entonces, se encarga de hacerme pasar sufrimientos innecesarios. Claro, los que me conocen valoran mucho más mis acuerdos (que te llame en tu cumpleaños, que me acuerde de algo que dijiste, que te regale algo que alguna vez me dijiste que te gustaba, etc.).

Ayer miraba el informativo cuando hablaban de que la Terminal de Tres Cruces estaba hasta las manos, la gente se peleaba por pasajes que ya no habían, las compañías ponían más transportes, y ya decían que muchos se quedarían sin viajar. Claro, las elecciones son el domingo. Infelices. Me reí de todos aquellos que procastinan. Hasta que me di cuenta que yo tenía que viajar el jueves al interior, y obviamente todavía no había sacado el pasaje. ¡Yo y mi memoria! Así que hoy me levanté, y lo primero que hice fue llamar a la Terminal. “No estamos reservando pasajes”, me contestó una señora. Bien, empezamos mal. Me bañé, averigué los horarios de mis ómnibis, busqué plata por todos lados, y me preparé psicológicamente para cruzar media ciudad y pelearme con medio Montevideo por un pasaje de ómnibus. En el medio suspendí mil cosas que tenía pensado hacer de tarde, reuniones, cortes de pelo, trabajos. Sabía que me iba a llevar demasiado tiempo este asuntito de la terminal.

Pero 15 segundos antes de salir de casa y enfilar para la parada de ómnibus, me entró la duda. ¿Es este jueves o es el jueves que viene que tengo que ir? No, no… tiene que ser este, si cambié el partido de fútbol de todas las semanas porque yo me iba de viaje. Tiene que ser este. ¿Es este? Así que a riesgo de perder el ómnibus que me iba a llevar a la terminal, volví a mi cuarto y me puse a buscar entre todos los papelitos que tengo el que tiene anotadas las fechas de mis viajes al interior. La lista del super, no. La lista de cosas que tengo que hacer para un trabajo, no. Una cuenta matemática de no sé qué, no. La dirección de algo, no. Una lista de números de colores, no. Una lista de temas que escuché y me quiero descargar, no. Fecha de viajes al interior, sí. ¡Sí!

Efectivamente no viajo este jueves, sino que la semana que viene. Eso se está volviendo peligroso. Y no quiero ni saber qué voy a hacer cuando tenga 64. Menos si sigo solo y nadie me banca mi problema adorable.

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