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89. Not a Second Time

Se va el domingo. Y después, 84 largos, solitarios y melancólicos días. Así que le pedí que por favor no hiciera nada el viernes anterior. Nada de despedidas con amigas que involucran Karaoke, nada de clases de baile, nada de nada. Logré hacer coincidir que mis padres se van a no sé dónde por el fin de semana, y que mi hermana volvió con su ex novio (lo que quiere decir que no estará en casa). Asi que bueno, es una buena noche para las despedidas.

Preparé una cena semi romántica (uno hace lo que puede), vimos una peli tirados al lado de la estufa a leña, y pasamos la noche juntos. Me levanté bastante antes que ella -ni digamos que tiene como una especial capacidad para dormir- y después de mirarla un rato, me fui a hacer el desayuno. Hacía mucho tiempo que no desayunaba en la cama (de hecho, hacía mucho tiempo que no desayunaba) y debo decir que fue fantástico. Oks, la parte que tiramos el café ya no fue tan fantástica, pero todo no se puede. Una de cal, una de arena.

Cerca del mediodía la llevé hasta su casa. La última vez en… bueno, quién sabe en cuánto, ¿verdad?. Pero antes de que se fuera caminando por el maldito corredor por el que siempre se va (y después de miles de discursos de despedidas, y besos y basta), le di un sobre. Hacía ya tiempo que había empezado a escribirlo, inclusive quizás mentalmente. Seguramente desde el momento en que la besé por primera vez, que sabía que era algo exclusivamente temporal. Porque se iba de viaje, y después… solo el destino lo sabrá.

Le pedí que no lo abriera ahora, que lo leyera después. Todos sabemos que no lo va a hacer igual. Yo no lo haría. Y nos despedimos por última vez.

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85. Oh! Darling

Me miró con esa sonrisa fantástica que tiene siempre, y se puso a hablar de que ella no sabía muy bien qué le pasaba, que siempre la pasaba genial cuando salía conmigo, pero que… la dejé de escuchar. Hacía un rato que estabamos estacionados en la puerta de su casa, hablando de cualquier cosa, y no se había querido bajar. Pero después de todo lo que le dije, ni siquiera me besó. Por dios, no puede ser todo tan complicado. Así que sin tener muy claro qué es lo que me estaba diciendo, la besé.

Y fue el mejor domingo que alguna vez tuve en mucho tiempo. Hasta las 6 de la mañana que me tuve que ir a devolver el auto a sus respectivos dueños.

84. I Want To Tell You

Cero expectativas. Así empezó el día después. No sé por qué, pero me levanté demasiado temprano, hice todo lo que había dejado sin hacer en el día de ayer (porque tampoco es que llegué con todos los ánimos para trabajar) e igual estaba de buen ánimo. Un poco de ejercicio, cociné, lavé los platos. Hasta que sonó el celular.

Gracias por lo de ayer. Querés venir hoy al Jardín Japonés conmigo?

Cero expectativas de nuevo. Esta vez no hubo más dinero para la nafta, ni nada. Así que primero me fije si de verdad podía dejar la tarde libre, no iba a volver a suspender todo. Y sí, no tenía nada para hacer. Así que me tomé un ómnibus, y después otro. Y dos horas después llegué a su casa. Bajó, media enfermita y todo estaba preciosa.

Caminamos hasta el Jardín Japonés -que yo no conocía-, nos sentamos y hablamos. De todo y de nada a la vez. Le dí algunas cosas que le podían servir para su viaje (tarjetas del metro, mapas, indicaciones, precios, etc) y cuando empezó a caer el sol nos fuimos. La quise acompañar hasta su casa, y ella me invitó un café, que logré cambiar por un jugo de naranja. Y nos despedimos…

No hay necesidad de decir que obviamente no le dije que me moría por ella, ni que ayer realmente la quería ver, ni lo linda que estaba. Nada. Y me insulté por ello. Por eso, al siguiente domingo, y poniendo cualquier excusa le mandé un mensaje.

Estás en tu casa? tenés algo para hacer?.

La noche estaba preciosa. Es otoño (¿ya es otoño?) e igual sigue haciendo 25 grados. Gracias calentamiento global!. Dimos unas vueltas por ahí y como igual amenzaba con llover, nos quedamos hablando en el auto. La mire… y la mire. No podía sacarle los ojos de arriba.

– Naty… alguna vez pensaste en lo que son las casualidades? Es un “juego” que cada tanto me gusta jugar. El pensar cómo llegaste hasta un lugar, y darte cuenta que, en general, fue todo por una serie de eventos casuales perfectamente sincronizados. Es decir… yo a Ceci la conozco hace pila, ya ni me acuerdo desde cuándo ni bien cómo. Y por ahí me aguantó la cabeza con Lorena, que ella llama Histerix. Lorena la odiaba sin conocerla. Así que no es de extrañar que cuando empecé a salir con Lorena, no vi nunca más a Ceci, ni hablé con ella. Por si fuera poco, y mirá lo que son las casualidades, Ceci empezó a salir con un conocido mío, al que no le gustaba nada que me conociera ella a mí. Y así estuvimos distanciados por años. Hasta que un día, ya ni me acuerdo cuándo ni cómo nos encontramos de nuevo. Yo sin Histerix, y ella sin él. Y hablamos. Y un día ví una foto de vos con ella de sus vacaciones, y le dije que te quería conocer. Y acá estamos…o sea, muchas cosas podrían haber pasado para que no te conociera. Que yo ya no me acordara del msn de Ceci, que me hubiera quedado en España en vez de volver, que Ceci no hubiera dejado con aquel idiota, qué sé yo.. Un pequeño detalle y no te hubiera conocido. Y hubiera sido una especie de tragedia…

– Ay Pablo, tampoco la pavada!

– … y hubiera sido una especie de tragedia porque me gustás, y mucho. No, mentira. No es que me gustás… me encantás. Me encanta cómo sos, vos físicamente en general, pero también las particularidades. Tus pecas, tu pelo, tu labio inferior que cuando estás resfriada -como ahora- queda… no sé, extraño. Y dan ganas como de morderlo. Pero me encantás mucho más por cómo sos, por cómo te reís, de las cosas de las que te reís, que seas despistada pero que sepas guiarme por las calles, por cómo te gustan los niños y los perros, por cómo siempre te tropezás o tirás algo, por cómo hablás demasiado alto, o a veces me hacés repetir dos o tres veces las cosas porque, en general, no me estabas dando demasiada bola. O por cómo siempre tenés frío, o miedo a los abejorros, o que tu comida favorita sean las pastas, o porque te emocionás con casi todo, y que te entusiasme una cosa hoy y mañana no, y te frustres porque los planes no salen como lo querías, y poder ayudarte, y ver cómo te vuelve esa sonrisa maravillosa a tu cara. Y bueno… nada, eso. Vos sabés que soy mejor hablando que otras cosas… Y sé que mi timing es inmundamente malo, porque vos te vas de viaje ahora nomás y nada… pero no podía no decirtelo.

83. I’m Down

Una vez. Dos. Tres. A la cuarta vez que no pudo verme porque tenía unos super planes ya armados, mi cabecita empezó a pensar cualquier cosa. Necesito encontrar algo para hacer, definitivamente. Demasiado tiempo libre hace que piense cosas que no tengo que pensar, o que ni siquiera quiero pensar. Es como el cuento del gato… algún día dirá que sí, que nos juntamos para vernos, y yo la voy a mandar a la mierda.

Pero en un momento hice clic. Y dije basta. Estamos a punto de cruzar el punto de no retorno, en el que estoy metido hasta las pelotas con alguien a quien, paradójicamente, hace días -semanas- que ya no puedo ver. Siempre hay algo, una salida con amigas, una reunión del trabajo, el cumpleaños de no sé quién, un trámite mágico (ah sí, porque con mi buen timming, ella acaba de planificar irse de viaje por tres meses hasta el otro lado del mundo… viva yo!). Y no lo vamos a cruzar ese punto. No, serenity now.

Pablo, relax. Es una chica fantástica, sí claro. Pero no ha pasado nada más que unas cenas, unas salidas a tomar algo, y muchos cientos de sms o charlas en el msn. Así que pongamos las cosas en perspectiva. ¿Me gustaría que fuera otra cosa, empezar a salir, que fuera la próxima señora de Pablo G.? Sí claro, pero las cosas en orden. Así que nada, si no da muestras de interés, medio que por acá habrá quedado todo.

Es cierto, yo tampoco he hecho demasiado para decirle que realmente me encanta. Que no me importa demasiado que viva lejos, que tenga que invertir como dos horas en llegar hasta la casa, tomarme dos ómnibus, ni afeitarme cada vez que la veo (cosas que realmente me molestan). Pero bueno… de eso me deberé hacer cargo yo, y ella de lo suyo.

Así que pasó una semana entera. Una semana que no le pedí para vernos, que no la invité a salir, ni a cenar, ni a nada. Simples conversaciones por msn, y algunos sms (porque tampoco puedo conmigo mismo). Hasta que un día me dijo “¿Querés ir mañana al Jardín Japonés?”. Y me contuve… claro que quiero ir, me muero de ganas de verte, extraño tus pecas y tu sonrisa fantástica. “Dale… creo que mañana no tengo nada, vamos si querés”.

Me levanté, me bañé, me afeité, planifiqué todo mi día para dejar la tarde libre. Un par de clientes querían cosas para la tarde, todo bien… serán para mañana. Igual adelanté todo lo que pude. Miré los horarios del ómnibus y todos eran malos. ¿Y si me voy en el auto? Miré mi billetera y daba realmente pena. Igual me la jugué, y pasé por una estación cerca de casa a ponerle todos mis últimos ahorros en nafta. Era una inversión que sin duda valía la pena.

Con nafta en el tanque, vidrios limpios, y el ánimo renovado salí. Duró 23 metros.

Pablo, no me mates por favor. Pero se me complicó con unos trámites para el pasaporte, y me estoy volviendo loca. Para peor escribieron mal mi nombre y tengo que hacer todo de nuevo. Me molesta muchísimo hacer esto, pero podemos dejarlo para mañana? No me mates!!

81. Getting Better

Hay cosas que son completamente incompatibles. El dulce de leche y las cosas saladas, las pizzas y las anchoas, la lluvia y la ropa nueva (para no poner todo de comida!).  La autoconfianza y yo.

Ceci me pregunta cómo es que en tan poco tiempo me enganché tanto con Natalia. Y es que… ¿cómo no hacerlo? Si somos objetivos es preciosa, físicamente hablando. Y siendo subjetivos también, claro. Sí, es cierto… tiene los peores emoticones del universo cuando conversamos por el msn, y además nunca pone los tildes. Pero es que su especie de dislexia digital (se equivoca de letras prácticamente cada vez que escribe) es casi amorosa. La hago reír y eso es fantástico, porque tiene una risa hermosa. Y es buena, cómica, simpática, no está para nada loquita… entonces, ¿cómo no engarcharse tan rápido con ella?

Claro, el problema, como no podía ser de otra forma, soy yo. Que no puedo mirarla medio fijo a los ojos sin ponerme colorado. Ni hablemos de besarla… simplemente no puedo, no sé. Es cómo que… eso, no supiera hacerlo. No hay caso. La invito a cenar, la pasamos genial, nos reímos, ella llama a la moza a los gritos, yo me pongo colorado, ella se ríe mucho más, la llevo hasta su casa. Y nada. Y chau, hablamos después.

Y después 45 minutos de viaje hasta casa lamentándome. Miento. Mucho más. Son esos 45 minutos más todos los días de la semana en que no la veo, y que me juro y me rejuro que cuando la vea le parto la boca. Y que lo que tenga que venir, venga.

80. I Call Your Name

Juro que lo intenté, eh? Juro que sí, que hice pila de fuerza. De hecho, unos días antes de irme a Brasil ella se había quedado sin minutos en el celular, así que como que el intercambio de sms se limitó a cero prácticamente; y me juré a mi mismo no hacerlo. El sábado antes de irme le mandé un mail, diciéndole tres bobadas como no podía ser de otra forma. Y más nada.

Hasta el miércoles. Solo en la playa, sentado en una roca, con los pies en el agua de Floripa, con el sol ahí… no pude y le mandé un mensaje. Qué importa el maldito roaming internacional, ni que a una semana de que arranque Abril ya tengo menos de la mitad del saldo, ni que me cobren las respuestas, ni que solo salimos dos veces, ni nada, ni que después haya ido a clavarme mil horas en el ciber para ver la respuesta de su mail, ni nada de nada.

No puedo ni cumplir mis propias promesas, estoy en la hoja.

79. Kansas City/Hey, Hey, Hey, Hey

Y partimos nomás!

Llegamos tarde como no podía ser de otra manera, y medio que hicimos que nuestro ómnibus saliera un poco más tarde. Pero igual nos fuimos. 24 horas de viaje ida, 22 horas de viaje vuelta. La verdad que el viaje en auto hubiera sido mucho más gratificante. De cualquier forma, imposible quejarnos. Una semanita en brasil con amigos, mucha cerveza, algunos brownies especiales, jugos en cocos, corridas de camarones, dois reais, y playas. Playas de verdad, playas con agua transparente, tortugas, arenas limpias y… uruguayos. Cientos de miles de uruguayos.

Parecería que no fuimos a Florianópolis, sino a Uruguayópolis. Así que, en un rapto de lucidez, nos movimos a otras playas, donde había brasileros. Y escuchamos hablar brasilero, y tomamos más cerveza, y nos bañamos en aguas más transparentes, y tomamos caipirinha como si hace mil años no tomáramos agua.

Y volvimos. Atrás quedó la piscina del hotel llena de latas de cerveza, las caminatas de noche por la playa, las heridas de Matías por ser medio descuidado, las brasileras, las uruguayas, los argentinos. Los bailes de mala muerte de los cuales nos echaron, el ciber que tenía dos máquinas siempre ocupadas y los muchachos que te hacían el cambio en la esquina. Allá quedó Praia do Forte con sus rocas, el barco Pirata, y Carlinhos que nos llevó a todos lados escuchando el disco de Kaya n´gan Daya a todo lo que da. Atrás quedó el Coche dos, el “no se duerman”, los espeto corridos, las cervezas de dudosa calidad.

Pero ya volveremos. De eso no hay dudas.