73. Slow Down

Como no podía ser de otra forma todo empezó a tiempo; y si bien no son ingleses, creo que cuando los alemanes dicen a las 5 de la tarde, es a las 5 de la tarde. Y, como tampoco podía ser de otra manera, nosotros llegamos tarde. No exageradamente tarde, no. Pero sí para entrar a la iglesia segundos antes que los casi 30 niños que, junto a mi maravillosa prima, iban a tomar su comunión. Así que mientras mis padres pedían amablemente a los purretes que nos dejaran pasar, con mi hermana rescatamos a mi prima de la fila de corderos, y la saludamos como corresponde.

El domingo había empezado fantásticamente bien. Primero, cambié exitosamente el ringtone de mi celular (ya hablaré alguna vez sobre ésta tara). Segundo, un día maravilloso: calor, asado, chistes, solcito, pasto, helado de dulce de leche granizado y masitas que el nuevo novio de mi hermana trajo. Tercero, logré cobrar unos trabajos… de hecho me vinieron a pagar a casa, lo cual es más que anormal. Así que todo apuntaba a que nada podía malir sal en un día como este.

Pues ahí estábamos entonces, después de recorrer toda la ciudad esquivando actos políticos, saludando a mi prima. No fue necesario desmasiado para darme cuenta, además, que su catequista había sido nuestra catequista, así que trancando todo acto protocolar, frenamos la entrada de los niños, saludando a más gente. Cuando finalmente nos dignamos a entrar, alguien nos pregunta si a ella no la íbamos a saludar. Nos damos vuelta y Serrena (la chica de la otra vez) nos saluda con esos ojos que serán (no hace falta ser ningún adivino para esto) la locura de más de uno. Bien, entramos.

Adentro decenas de padres con sus cámaras, cientos de miles de niños sin sus padres (que andaban con sus cámaras), y mucho ruido. Demasiado para una iglesia. Sin saludar a más nadie, caminé hasta casi el altar, y por ahí me quedé, recostado sobre una pared lateral. 55 minutos después canté una canción que me acordaba de mi proceso de catequesis, y se terminó la ceremonia. Así que, a pesar de que sonaba bastante trillado, volví a buscar a mí prima, a Serrana, y a mi ex catequista, para saludarlas y felicitarlas por todo. No sé, ya que no pude aplaudir -no me parecía el momento- por lo menos había que decir felicitaciones, ¿verdad?

Besos, felicitaciones, muy rico todo… tan mal no me fue porque, vaya a saber por qué extraña razón, varias amigas de mi prima me dieron sus tarjetitas de la comunión.Así que tranquilito empecé a buscar la salida de la iglesia, mientras que el resto seguía saludando y cambiando estampitas. Hasta que Serrana me encontró y sentenció:

– Pablo, no te vayas. Esperame acá.

Pucha… soy un pollerudo. Así que ahí me quedé, al lado de uno de esos banquitos tan incómodos que tienen las iglesias. No pasaron ni 40 segundos, cuando Serrana, vestida con el uniforme del colegio, llegó corriendo entre la gente y me dio una de sus estampitas del recuerdo. Tengo ese efecto en los niños, sí. Claro, que también se mando su parte.

– Mi hermana dejó con su novio, que era un tarado. ¿y si la llamás un día?
– …

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