15. Honey Don’t

En la escuela estaba enamoradísimo de Laura, una compañera de clase. Para mí era, por lo que había visto en mis 10 años de vida, la chica más hermosa que podía existir. Pelo negro, ojos verdes (color marihuana diría Joaquín), más o menos de mi altura, simpatiquísima. Y lo mejor de todo es que me registraba. No solo eso: éramos amigos. No mejores amigos, tampoco la pavada; pero amigos de esos que se ayudan en los deberes, que se elijen en los juegos del recreo, y que se saludan cuando llegan o se van.

Y por supuesto, como todo purrete de 10 años, soñaba con que en algún momento me iba a dar más bola y seríamos novios. De hecho tenía un sueño recurrente con el tema, pero que siempre terminaba mal. Y no porque ella no me quisiera o qué sé yo, sino porque me ponía una condición vital para empezar a ser novios: dejar de escuchar a los Beatles. Me miro a la distancia y soy esa clase de mongólico de 10 años con las hormonas empezando a revolotear que preferiría decir que no a una chica hermosa, por una banda de cuatro tipos ingleses que llevaban separados hace más de 30 años.

12 años después me enfrentaba a otras complicaciones. Por supuesto Lorena nunca me dijo de salir conmigo solo si dejaba de escuchar a tal o cual banda; pero la compra de elementos era un tema complicadísimo. No soy un tipo consumista, diría que -sin ser un hippie que vive haciendo collares de caracoles- soy casi lo opuesto. Pero igual cada tanto me asalta la necesidad de ciertas compras, simplemente porque me gustan. Tenía un trabajo bueno, un sueldo por el cual trabajaba bastante, y entiendo (ahora y antes) que los gustos hay que dárselos.

Una de las primeras grandes peleas (que empiezan cuando lo de uno es de los dos) saltó por unos platos. Honestamente los que yo quería eran un poco más caros, pero mucho más lindos. Visto a la distancia suena medio estúpido, pero hay que dejar constancia de que eran muy buenos esos platos: todos de colores, de cerámica buena, y medios grandes. Lo mismo pasó con el iPod (para el que ahorré de un trabajo secundario durante más de un año). Pero lo que nunca fue negociable fue una guitarra: siempre quise aprender a tocar la guitarra y tener una pequeña Stratocaster. Sin embargo no. Y era casi razonable, siempre había otras cuentas que pagar, cosas que arreglar de la casa. Aún así la discusión cada cierto tiempo volvía.

Hoy iba caminando por el centro cuando pasé por una tienda de música. Y no pude no comprarla. Entré, pregunté el precio, salí… caminé un poco, entré en un cibercafé y averigué gracias a Google los diferentes modelos y características de cada uno. Volví a la tienda y la compré. No es una Fender Stratocaster, pero soy acreedor de una hermosa Armónica Blues Harp en #C, que deberé de aprender a tocar ahora. La soltería tiene sus cosas positivas también.

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2 Respuestas a “15. Honey Don’t

  1. pero… pero… ¡¿¿dejar de escuchar a Los Beatles??!
    ay, Laura…

  2. Pobre Lau, en realidad no le podemos hechar la culpa por un sueño mío. Lo cierto es que igual nunca nos arreglamos 😀

    Y yo seguí escuchando a los 4 de Liverpool, como corresponde…

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