7. The fool on the hill

Desde que empezó todo siempre, pero absolutamente siempre, quise que se arreglara de otra manera. Que un día Lorena me dijera que se había equivocado y que no quería dejarme, que dejaba de ver al otro, que seguían en pie los planes del casamiento, que le parecía genial la lista de invitados, etc. Me molesta de sobremanera la inestabilidad y, quizás antes de ella, prefería esa “mentirita” de que todo estaba bien si los dos queríamos.

Por eso, la semana antes de irme de viaje, pensé un millón de cosas para hacer de forma de no cerrar del todo la puerta. Qué sé yo, taradeces, como no podía ser de otra forma… alguna carta, una grabación que encontrara después que me fuera, pedazos de canciones pegados por toda la casa…

Finalmente me decidí por una carta. Siempre me consideré bueno escribiendo (por lo menos mejor que hablando) y en una de esas servía para algo. Tampoco tenía muy claro qué era lo que pretendía -en definitiva era yo el que se estaba yendo- pero bueno, había que probar. Así que utilicé los días que me quedaban para elegir cuidadosamente las palabras, pensar cada oración, idear cada frase. Quería que fuera la mejor carta escrita alguna vez en la historia de la humanidad, y que incluyera todo: reproche, simpatía, duda, cariño, comprensión, odio, y finalmente puertabiertismo.

El viernes (el día antes de mi partida) Lorena se fue a lo de los padres. Era mí momento para redactar todo. Además, ya sabía exactamente cómo debía de ser, así que no me llevaría prácticamente nada de tiempo. Me sentía orgullosode mi futura producción. Pero por cuestiones de logística (primero armé las valijas, lo que me llevó más de la cuenta; después busqué mi pasaporte, lo que parecía importante, etc.) la fui dejando para lo último. A la noche me pedí una comida al delivery y me prometí escribirla a primera hora del sábado, cosa de inclusive controlar al arrepentimiento. Además, me iba a las 12, así que tenía parte de la mañana solo para eso.

Como era obvio, me levanté tarde. Muy tarde. Ya eran pasadas las 10 y tendría como 30 minutos en llegar al aeropuerto, lo cual no me dejaba mucho tiempo. En ese momento me olvidé (como era previsible, por otra parte) de las demoras de Iberia, de averiguar antes de salir, y todas esas cosas que me habían recomendado en la agencia. Primero lo urgente: el taxi. Después lo importante: la carta. Separé las valijas, las hojas del check in, la campera, el pasaporte, los regalos que les llevaba como pago a los que me dejarían quedarme en sus casas, acomodé todo adelante y me senté en la mesa del comedor a escribir.

Lore, …

Había decidido empezar con el diminutivo. Mucho más personal, mucho más lindo. Y justo en ese momento llegó el madito taxi. Nunca habían sido ni tan puntuales ni tan rápidos en su vida. Así que no me dio demasiado tiempo para nada. Pensá, pensá, pensá… me sentía Homero Simpson en ese capítulo en que su “enemigo” Frank Grimes (graimito) llega a su casa y se pone a saltar como desquicidado sin saber qué hacer primero. Mis planes de la mejor carta del mundo se habían ido al carajo. Así que la terminé como pude.

chau.

Sublime.
http://www.goear.com/files/sst2/10c0c6c1b09d10ee07277b56e97e2c84.mp3″

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