5. retroceder nunca, rendirse jamás

El sábado me iba de viaje. Había hecho muy por arriba las cuentas (tengamos en cuenta que todo fue muy por arriba) y debería poder estar tranquilamente dos meses vagando por ahí, sin tener que preocuparme de no tener nada para comer. Había hecho unas llamadas telefónicas y entre Facebook y el mail, había encontrado a amigos de amigos de amigos que me ofrecían su casa por unos días. Cualquier cosa con tal de ver a alguien del mismo país, asumí.

Sin embargo todavía estábamos en miércoles. ¡Miercoles! Y entre los regalos extraños, los días de licencia para pasar juntos, y las preguntas de familiares (¿Lorena no se va contigo?, pero… ¿qué pasó de verdad?), todo se estaba complicando demasiado. Por si fuera poco no me quedaba del todo claro si estaba actuando bien. Mi cantinero de confianza me había dicho -sin saber del todo la historia, como la mayoría de mis conocidos- que había que pelearla. Vaya a saber lo que quería decir con eso. Además a esa hora, y con la cantidad de botellas de cerveza mexicana que había por ahí, no estoy seguro si eso no es lo que yo quería escuchar y no lo que mi cantinero supo decir.

Sin embargo el jueves se hizo la luz. Lorena se había quedado en casa y estaba cocinando, mientras que yo terminaba de asesorarme con Iberia sobre el tema del equipaje, qué se puede llevar ahora, que no. Ahí me llamó mi agente de viajes, comentándome que algunos vuelos de Iberia estaban atrasándose debido al mal tiempo, así que -como el sábado iba a estar casi todo cerrado- intentara averiguar con tiempo en el aeropuerto. Quise entrar a Facebook para poner un mensajecito de odio a los aviones españoles (y de paso avisar a los que me recibirían que quizás llegara más tarde) cuando la barrita de FireFox me dejó ver el historial. Tan molesta a veces, tan últil ahora. Me mostraba que había un nuevo “mensaje de Diego”. Y ahí me entró el odio de nuevo.

Nada de segundos pensamientos. Nada de repernsarlo. Nada de pelearla. Entré, puse mi mensaje de odio a los españoles, me comuniqué con los que me recibirián, e invité para el viernes de noche a todos los que se animaran a venir a despedirme al bar de siempre. Yo me iba, y que el mundo reviente.

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